En busca del paraiso
Esta es la historia de un hombre que ha sido asaltado en el desierto, le roban sus posesiones y solo se queda con su caballo y su perro. Los tres vagan por el desierto buscando un oasis donde salvar su vida. En una noche tormentosa, llena de truenos y relámpagos, un rayo fulmina al hombre junto con su caballo y su perro. Fue tan de repente que ninguno de los tres se percató que estaban muertos, y sus almas siguieron vagando por el desierto buscando un oasis donde poder salvar sus vidas. Caminaron durante días bajo aquel sol de justicia y soportando el frio de la noche; sentían el cansancio, tenían sed, sus labios se agrietaron y las piernas les flaqueaban. De repente, tras una duna, ven un oasis… y dentro hay un lago de agua fresca. Corren hacia el tratando de saciar su sed y reponer fuerzas. Cuando llegan el oasis está cercado y hay un guardia en la entrada. Los tres se acercan y encima hay un cartel que anuncia: Oasis el Paraíso.
-Por favor, ¿podemos pasar? -preguntó el hombre-. Estamos sedientos y cansados… llevamos varios días andando.
-Tú sí, claro -le dice el guardia-. Este es el Paraíso, puedes entrar y refrescarte y descansar.
-Pero yo vengo con mi caballo y con mi perro -le dice el hombre.
-No -dice el guardia-, este es el Paraíso de los hombres; desconozco si hay un Paraíso para perros y otro para caballos, pero aquí solo pueden entrar humanos. Tú puedes pasar pero ellos no.
El hombre lo mira y le dice:
-Pero es que ellos tienen tanta sed como yo.
-Lo siento, pero eso son las reglas del Paraíso.
-Entonces no -dice el hombre.
Y decide seguir adelante con su caballo y su perro sin saciar su sed. Caminan durante varios días más y encuentran otro oasis. También este tiene un cartel que dice Paraíso; también hay un cerco que lo rodea y un guardia en la entrada. El hombre se acerca y le dice:
-Por favor tenemos sed, mucha sed, ¿podemos pasar?
-Sí, claro -respondió el guardia-. Pasen, descansen, sacien su sed.
-Es que vengo con mi caballo y con mi perro.
-Sí, no hay problema, pueden pasar los tres. Todos son bienvenidos aquí.
El hombre, el caballo y el perro entran y se tiran al lago, y se refrescan y beben. Y saciada la sed el hombre se acerca al guardia y le pregunta:
-¿Qué es este lugar?
-Bueno, ya ves el cartel, este lugar es el Paraíso.
-Pero, pero… Mucha antes hay otro lugar que también se llama el Paraíso. Y no nos dejaron entrar… bueno, me dejaban entrar a mí pero yo no quise porque no dejaban entrar a mi caballo y mi perro.
-¡Ah!, ese lugar. Ese lugar es el infierno -dice el guardia.
-Pero cómo que es el infierno… ustedes deberían hacer algo, allí anuncian que es el Paraíso… deberían prohibirles que estén ahí.
-No, no… por qué íbamos a prohibirles que estén ahí -escurrió el guardia-. En realidad nos hacen un gran servicio sabe usted. Impiden que lleguen al verdadero Paraíso aquellos que son capaces de abandonar a los amigos.
Cuando Jesús, en Un Curso De Milagros, dice “no abandones a tu hermano ahora” (T22-II.7:1), no se refiere a que lo abandones físicamente en un lugar o en una situación. Las enseñanzas de Jesús no se refieren al plano físico, sino al metafísico. Lo que quiere decir con “no abandones a tu hermano ahora” es que lo perdones. No perdonarlo es abandonarlo. Condenarlo es abandonarlo. Juzgarlo es abandonarlo. Atacarlo es abandonarlo. Pero cuando lo perdonas no lo abandonas y por consiguiente no te abandonas a ti mismo. Puede que tú salgas de la vida de tu hermano o que sea tu hermano el que salga de tu vida, puede que permanezcáis juntos por un tiempo y después os separéis, pero si lo perdonas no lo abandonas. Con la frase “no abandones a tu hermano ahora” te está brindando la oportunidad de perdonarte a ti mismo a través del otro, pues vosotros que sois lo mismo no decidiréis por separado ni en forma diferente. Os dais el uno al otro o bien vida o bien muerte; sois cada uno el salvador del otro o su juez, y os ofrecéis refugio o condenación. (T22-II.7:1-2) El perdón es el medio para lograr el objetivo de la salvación.
El hombre que escupió a Buda
En una ocasión, un hombre se acercó a Buda e, imprevisiblemente, sin decir palabra, le escupió a la cara. Sus discípulos, por supuesto, se enfurecieron. Ananda, su discípulo más cercano, rojo de ira e indignación, dijo dirigiéndose a Buda:
– ¡Dame permiso para que le enseñe a este hombre lo que acaba de hacer!
Buda se limpió la cara con serenidad y dijo a Ananda:
– No. Yo hablaré con él.
Y uniendo las palmas de sus manos en señal de reverencia, habló de esta manera al hombre.
– GRACIAS, MUCHAS GRACIAS. Has creado con tu actitud una situación para comprobar si todavía puede invadirme la ira. Y no puede. Te estoy tremendamente agradecido. También has creado un contexto para Ananda; esto le permitirá ver que todavía puede invadirlo la ira. ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y queremos hacerte una invitación. Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupir a alguien, piensa que puedes venir a nosotros.
Aquella noche el hombre no pudo dormir. Fue una conmoción tan grande… No podía dar crédito a sus oídos. No podía creer lo que había sucedido. Había ido para provocar la ira de Buda y había fracasado. Estuvo dando vueltas y vueltas en la cama y no pudo conciliar el sueño. Los pensamientos lo perseguían continuamente. Había escupido a la cara de Buda y éste había permanecido tan sereno, tan en calma como lo había estado antes, como si no hubiera sucedido nada. Aquella cara tranquila, serena, aquellos ojos compasivos, y cuando Buda le dio las gracias, no fue una formalidad le estaba verdaderamente agradecido, todo su ser, le decía que estaba agradecido, Buda desprendía una atmósfera de agradecimiento.
A la mañana siguiente, muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo:
– Por favor, perdóname por lo de ayer. No he podido dormir en toda la noche.
Buda respondió:
– No tiene la menor importancia, no pidas perdón por algo que ya no tiene existencia. Han pasado 24 horas, ¿por qué cargas con algo que ya no existe? No pienses más en ello. Además, yo no te puedo perdonar porque para ello debería haberme enojado y eso nunca ha sucedido. Ha pasado un día desde ayer, te aseguro que no hay nada en ti que deba perdonar. Si tú necesitas perdón, ve con Ananda, échate a sus pies y pídele que te perdone. Él lo disfrutará.
*Esta historia de Buda nos trae dos enseñanzas fundamentales, que son las siguientes:
*Lo que ocurre en el exterior no es determinante sobre lo que ocurre en nuestro interior, así Buda pudo controlar sus emociones, aun cuando le hubieron escupido en la cara. Igualmente nosotros podemos controlar nuestras emociones y pensamientos, sean las circunstancias externas las que sean.
*Todo lo que ocurre puede ser utilizado para aprender y mejorar e incluso nuestros enemigos son los que más a prueba nos ponen y por tanto, los que pueden hacer que superando los obstáculos que nos ponen, más podamos superarnos. Por ello, Buda, le pedía al hombre que volviera cada vez que quisiera escupirles, pues esto era una gran prueba para todos ellos.
Frases de Un Curso De Milagros:
Los que son verdaderamente serviciales son a su vez invulnerables porque no protegen a sus egos, y, por lo tanto, nada puede hacerles daño. T4-VII.8
Nada puede hacerte daño, y no debes mostrarle a tu hermano nada que no sea tu plenitud. Muéstrale que él no puede hacerte daño y que no le guardas rencor, pues, de lo contrario, te estarás guardando rencor a ti mismo. Ese es el significado de: “Ofrécele también la otra mejilla”. T5-IV.4
Si percibes que un hermano te ha ofendido arranca la ofensa de tu mente.(…) Si lo que percibes te ofende, te ofendes a ti mismo y condenas al Hijo de Dios a quien Dios no condena. T11-VIII.12
El oscuro engaño del ego
Hace muchos, pero que muchos años, hubo un mago muy poderoso. El mago más poderoso de los que hayan existido. Se llamaba Ego y tenía el poder de crear sentimientos oscuros que corrompían a las personas. Creo la Codicia, la Avaricia, la Ira, la Soberbia y la Envidia. Creo el Rencor, el Odio, la Venganza y la Mentira. Estaba habido de poder, obsesionado con ser “mas”, y un día decidió crear una manera de ser que pudiese abarcar todos los sentimientos oscuros que él había creado, le llamo Orgullo. Fue como un virus indetectable. Se instalaba en el subconsciente de las personas y desde ahí, el mago los cegaba, hipnotizaba y manipulaba para saciarse.
El mago había encontrado la manera de influir indirectamente en las personas sin que se percatasen de ello. A medida que las iba poseyendo, su poder aumentaba cada vez más. Se sentía el centro del universo, tenía la sensación de que todo giraba en torno a él y aun así, quería más.
Su obsesión llego a tal punto que empezó a fantasear con el día en que pudiese manipular a todas las personas. Sonreía solo de imaginar como todas ellas lo saciaban utilizando al menos uno de los sentimientos que él había creado, y recompensaba a los orgullosos, sus más fieles seguidores, con aires de grandeza y fantasías de lo perfectos que eran. Anduvo pensando durante mucho tiempo, estudiando e investigando. Hasta que descubrió que las personas que habían alcanzado cierta seguridad, por lo general eran felices y no se dejaban manipular. Solo los ignorantes, inseguros de sí mismos, caían en su poder. Esto le supuso otro problema: ahora sabía que la única manera de controlar a todas las personas era quitándoles la felicidad, pero…
¿Cómo podría quitarles la felicidad?
El Ego pregunto a la Venganza:
-¿Cómo podríamos arrebatarle la felicidad a las personas?
-Hagámosles sufrir y así, no serán felices -dijo la Venganza.
-No podemos hacerlo directamente, solo podemos manipular y no siempre se están peleando -espeto el Ego.
Pregunto lo mismo a la Avaricia, a lo que está propuso:
-¡Vamos a robársela!
-Si, pero… ¿Dónde la escondemos? -pregunto el Ego.
-¿Por qué no escondemos la felicidad en algún lugar remoto y oculto? No soporto que los demás sean felices -adujo la Envidia. A lo que el Ego respondió:
-El hombre tiene inteligencia y con el tiempo, tendrán la tecnología necesaria para poder encontrar la felicidad, allá donde la hallamos escondido.
Todos guardaron silencio durante un rato, y entonces…
-!!Ya está!! -Dijo la Mentira- ¡vamos a engañarlos!
Y la Mentira, que había sido entrenada en el arte del engaño, prosiguió:
!!Vamos a esconderles la felicidad dentro de ellos!!
Estarán tan ocupados buscándola fuera que no la encontraran.
MORALEJA
Desde entonces, las personas buscamos la felicidad en el afuera: buen coche, casa grande, pareja hermosa y buena cuenta bancaria. Vivimos detrás de placeres instantáneos y perseguimos las cosas materiales. Creemos que cuando tengamos esto o aquello seremos felices y no nos damos cuenta de que esté es el oscuro engaño del Ego. Nunca tenemos todo lo que queremos y por lo tanto, nunca somos felices. Tengamos lo que tengamos nunca lo vamos a ser porque siempre nos falta algo, “lo que no tenemos“, y cuando lo conseguimos, buscamos otra cosa para desear y vuelta a empezar. La Mentira hizo bien su trabajo.
No podrás por menos que buscar, ya que en este mundo no te sientes a gusto. Y buscarás tu hogar tanto si sabes dónde se encuentra como si no. Si crees que se encuentra fuera de ti, la búsqueda será en vano, pues lo estarás buscando dónde no está. No recuerdas cómo buscar dentro de ti porque no crees que tu hogar esté ahí. Pero el Espíritu Santo lo recuerda por ti y te guiará a tu hogar porque ésa es Su misión. A medida que Él cumpla Su misión te enseñará a cumplir la tuya, pues tu misión es la misma que la Suya. Al guiar a tus hermanos hasta su hogar estarás siguiéndolo a Él. T12-IV.5
No busques fuera de ti mismo. Pues todo tu dolor procede simplemente de buscar en vano lo que deseas, y de insistir que sabes dónde encontrarlo. ¿Y qué pasaría si no estuviese allí? ¿Preferirías tener razón a ser feliz? Alégrate de que se te diga dónde reside la felicidad, y no la sigas buscando por más tiempo en ningún otro lugar, pues buscarás en vano. Mas se te ha concedido conocer la verdad, y saber que no la debes buscar fuera de ti mismo. T29-VII.1
Éste es el propósito que le confiere al cuerpo: que busque lo que a él le falta y que le provea de lo que le restauraría su plenitud. Y así, vaga sin rumbo, creyendo ser lo que no es, en busca de algo que no puede encontrar. T29-VII.2
La doctrina básica del ego reza: “Busca, pero no halles”. 3Pues, ¿qué mejor garantía puede haber de que no hallarás la salvación que canalizar todos tus esfuerzos buscándola donde no está? LpI-71.4
El verdadero valor del anillo
-Había una vez una mujercita que se sentía mal, y decidió visitar a un maestro.
-Vengo, maestro, porque me siento mal, se meten conmigo, se ríen de mí y no me valoran. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarla, le dijo:
-Cuánto lo siento, muchacha, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… -Y haciendo una pausa agregó- Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-Encantada, maestro -titubeó la joven, pero sintió que otra vez era desvalorizada y sus necesidades postergadas.
–Bien -asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo a la muchacha, agregó- Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
La joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que la joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando la joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En su afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero la joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatida por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado la joven tener ella misma esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
–Maestro –dijo-, lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
–Qué importante lo que dijiste, joven amiga -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar el caballo y vete al joyero. Quién mejor que él, para saberlo. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
La joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
–Dile al maestro, muchacha, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más de 58 monedas de oro por su anillo.
–¡¿58 monedas?! -exclamó la joven.
–Sí -replicó el joyero-, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…
La joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
– Siéntate -dijo el maestro después de escucharla-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Tu valía está más allá de la percepción porque está más allá de toda duda. No te percibas a ti mismo bajo ninguna otra luz. Conócete en la Única Luz en la que el milagro que eres se alza en perfecta claridad. T3-V.10
Tu valía la estableció Dios. T4-I.7
Nada de lo que haces, piensas o deseas es necesario para establecer tu valía. T4-I.7
Siempre que sanas a un hermano reconociendo su valía, estás reconociendo su poder para crear, así como el tuyo propio. Él no puede haber perdido lo que tú reconoces en él, y tú no puedes sino poseer la gloria que ves en él. T7-XI.6
Escucha la parábola del hijo pródigo, y aprende cuál es el tesoro de Dios y el tuyo: el hijo de un padre amoroso abandonó su hogar y pensó que había derrochado toda su fortuna a cambio de cosas sin valor, si bien no había entendido en su momento la falta de valor de las mismas. Le daba vergüenza volver a su padre porque pensaba que lo había herido. Mas cuando regresó a casa, su padre lo recibió jubilosamente toda vez que el hijo en sí era su tesoro. El padre no quería nada más. T8-VI.4
No comprendes esto porque aunque eres el tesoro de Dios, no te consideras valioso. T8-VI.8
Siempre que pongas en duda tu valor, di: Dios Mismo está incompleto sin mí. T9-VII.8
Verás tu valía a través de los ojos de tu hermano, y cada uno será liberado cuando vea a su salvador en el lugar donde antes pensó que había un agresor. Mediante esta liberación se libera el mundo. Este es tu papel en la consecución de la paz. T22-VI.8
La mariposa
Mi mamá era hija de una pareja de campesinos de Entre Ríos. Nació y creció en el campo entre animales, pájaros y flores. Ella nos contó que una mañana, mientras paseaba por el bosque recogiendo ramas caídas para encender el fuego del horno vio un capullo de gusano colgando de un tallo quebrado. Pensó que sería más seguro para la pobre larva llevarla a la casa y adoptarla a su cuidado. Al llegar, la puso bajo una lámpara para que diera calor y la arrimó a una ventana para que el aire no le faltara.
Durante las siguientes horas mi madre permaneció al lado de su protegida esperando el gran momento. Después de una larga espera, que no terminó hasta la mañana siguiente, la jovencita vio cómo el capullo se rasgaba y una patita pequeña y velluda asomaba desde dentro. Todo era mágico y mi mamá nos contaba que tenía la sensación de estar presenciando un milagro. Pero, de repente, el milagro pareció volverse tragedia. La pequeña mariposa parecía no tener fuerza suficiente para romper el tejido de su cápsula. Por más que se esforzaba no conseguía salir por la pequeña perforación de su casita efímera. Mi madre no podía quedarse sin hacer nada. Corrió hasta el cuarto de las herramientas y regresó con un par de pinzas delicadas y una tijera larga, fina y afilada que mi abuela usaba en el bordado. Con mucho cuidado de no tocar al insecto, fue cortando una ventana en el capullo para permitir que la mariposa saliera de su encierro. Después de unos minutos de angustia, la pobre mariposa consiguió dejar atrás su cárcel y caminó a los tumbos hacia la luz de la ventana.
Cuenta mi madre que, llena de emoción, abrió la ventana para despedir a la recién llegada, en su vuelo inaugural. Sin embargo, la mariposa no salió volando, ni siquiera cuando la punta de las pinzas la rozó suavemente. Pensó que estaba asustada por su presencia y la dejó junto a la ventana abierta, segura de que no la encontraría al regresar. Después de jugar toda la tarde, mi madre volvió a su cuarto y encontró junto a la ventana a su mariposa inmóvil, las alitas pegadas al cuerpo, las patitas tiesas hacia el techo. Mi mamá siempre nos contaba con qué angustia fue a llevar el insecto a su padre, a contarle todo lo sucedido y a preguntarle qué más debía haber hecho para ayudarla mejor. Mi abuelo, que parece que era uno de esos sabios casi analfabetos que andan por el mundo, le acarició la cabeza y le dijo que no había nada más que debiera haber hecho, que en realidad la buena ayuda hubiera sido hacer menos y no más.
Las mariposas necesitan de ese terrible esfuerzo que les significa romper su prisión para poder vivir, porque durante esos instantes, explicó mi abuelo, el corazón late con muchísima fuerza y la presión que se genera en su primitivo árbol circulatorio inyecta la sangre en las alas, que así se expanden y la capacitan para volar. La mariposa que fue ayudada a salir de su caparazón nunca pudo expandir sus alas, porque mi mamá no la había dejado luchar por su vida. Mi mamá siempre nos decía que muchas veces le hubiese gustado aliviarnos el camino, pero recordaba a su mariposa y prefería dejarnos inyectar nuestras alas con la fuerza de nuestro propio corazón.
HACER MENOS Y NO MÁS
Cuando decidas hacer algo por los demás, pregúntate si realmente es algo que disfrutas haciendo. Si no es así, acepta que no es tu responsabilidad y deja que los demás resuelvan sus tareas por sí mismos: verás como todo se coloca en su sitio. Cuando dejas a los demás las tareas que no deseas, les enseñas a responsabilizarse de su propia vida y a sentirse libres de ser ellos mismos, y eso es un gran regalo. Manuel Requena, Los mensajes de tu cuerpo, vol.1, 2015, pág.166.
La Biblia dice que si un hermano te pide que camines con él una milla, que le acompañes dos. Ciertamente no sugiere que le retrases en su viaje. Tu dedicación a un hermano no puede tampoco retrasarte a ti. Sólo puede conducir a un progreso mutuo. T4-In.1
No te embarques en viajes inútiles, pues ciertamente no llevan a ninguna parte. T4-In.2
Hasta que no lo hagas, estarás desperdiciando tu vida, ya que ésta simplemente seguirá siendo una repetición de la separación, de la pérdida de poder, de los esfuerzos fútiles que el ego lleva a cabo en busca de compensación. T4-In.3
Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No hagáis frente al que os ataca; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Mateo 5:38-42
Los dos hermanos
“Había una vez dos hermanos sentados al pie de una chimenea. Ambos hermanos, muy serios y en voz baja, se quejaban de la pesada carga que resultaba para ellos cuidar de su anciano padre. Cinco años atrás, cuando murió su madre, los hermanos decidieron turnarse en el cuidado de su padre: un mes viviría con el hermano mayor y otro mes con el hermano pequeño… y así sucesivamente. Pero los hermanos estaban cansados del gruñón de su padre, de sus salidas de tono y de sus comentarios punzantes e hirientes. Y al calor del fuego, decidieron con pesar que, al día siguiente, antes de anochecer, lo llevarían a un lugar apartado del bosque y lo abandonarían allí.
Al día siguiente, por la tarde, le propusieron al padre ir a dar un paseo por el bosque, y los tres se fueron alejando cada vez más de cualquier vereda o camino que atravesase el bosque. Se alejaron tanto que uno de los hermanos dudó de que encontrarán ellos mismos el camino de vuelta.
Tras mucho caminar, encontraron un claro en el bosque, y ambos hermanos se miraron coincidiendo en que ese era el lugar donde iban a abandonar a su padre. Después miraron a su padre, y éste, con lágrimas en los ojos, les dijo:
—¡Este es el lugar!
Los hermanos se quedaron petrificados…
—¿A qué lugar te refieres, padre? —le preguntó el menor.
El padre lloró desconsoladamente, tragó saliva y les dijo:
—¡Este es el lugar donde veinte años atrás, abandoné a mi padre!”
Las historias se repiten para reinterpretarlas y resolverlas de forma diferente, con más Amor y comprensión.
Castigaré a los hijos por el pecado de los padres, e incluso a los nietos y bisnietos. Éxodo 20:5
Hasta los pelos de tu cabeza están contados. Mateo 10:30
Los milagros son a la vez comienzos y finales, y así, alteran el orden temporal. Son siempre afirmaciones de renacimiento, que parecen retroceder, pero que en realidad van hacia adelante. Cancelan el pasado en el presente, y así, liberan el futuro. T1-I.13
Hay que entender, no obstante, que cuando le ofreces un milagro a otro estás acortando su sufrimiento y el tuyo. Esto corrige tanto retroactivamente como progresivamente. T2-V.10
De acuerdo con la interpretación del ego, “Castigaré los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generación” es una aseveración especialmente cruel. Se convierte simplemente en un intento por parte del ego de garantizar su propia supervivencia. Para el Espíritu Santo, la frase significa que en las generaciones posteriores Él todavía podrá reinterpretar lo que las generaciones previas habían entendido mal, anulando así la capacidad de dichos pensamientos para suscitar miedo. T5-VI.8
Los tres cerditos
Había una vez tres cerditos que vivían al aire libre cerca del bosque. A menudo se sentían inquietos porque por allí solía pasar un lobo malvado y peligroso que amenazaba con comérselos. Un día se pusieron de acuerdo en que lo más prudente era que cada uno construyera una casa para estar más protegidos.
El cerdito más pequeño, que era muy vago, decidió que su casa sería de paja. Durante unas horas se dedicó a apilar cañitas secas y en un santiamén, construyó su nuevo hogar. Satisfecho, se fue a jugar.
– ¡Ya no le temo al lobo feroz! – le dijo a sus hermanos.
El cerdito mediano era un poco más decidido que el pequeño pero tampoco tenía muchas ganas de trabajar. Pensó que una casa de madera sería suficiente para estar seguro, así que se internó en el bosque y acarreó todos los troncos que pudo para construir las paredes y el techo. En un par de días la había terminado y muy contento, se fue a charlar con otros animales.
– ¡Qué bien! Yo tampoco le temo ya al lobo feroz – comentó a todos aquellos con los que se iba encontrando.
El mayor de los hermanos, en cambio, era sensato y tenía muy buenas ideas. Quería hacer una casa confortable pero sobre todo indestructible, así que fue a la ciudad, compró ladrillos y cemento, y comenzó a construir su nueva vivienda. Día tras día, el cerdito se afanó en hacer la mejor casa posible. Sus hermanos no entendían para qué se tomaba tantas molestias.
– ¡Mira a nuestro hermano! – le decía el cerdito pequeño al mediano – Se pasa el día trabajando en vez de venir a jugar con nosotros.
– Pues sí. ¡Vaya tontería! No sé para qué trabaja tanto pudiendo hacerla en un periquete… Nuestras casas han quedado fenomenal y son tan válidas como la suya.
El cerdito mayor, les escuchó.
– Bueno, cuando venga el lobo veremos quién ha sido el más responsable y listo de los tres – les dijo a modo de advertencia.
Tardó varias semanas y le resultó un trabajo agotador, pero sin duda el esfuerzo mereció la pena. Cuando la casa de ladrillo estuvo terminada, el mayor de los hermanos se sintió orgulloso y se sentó a contemplarla mientras tomaba una refrescante limonada.
– ¡Qué bien ha quedado mi casa! Ni un huracán podrá con ella.
Cada cerdito se fue a vivir a su propio hogar. Todo parecía tranquilo hasta que una mañana, el más pequeño que estaba jugando en un charco de barro, vio aparecer entre los arbustos al temible lobo. El pobre cochino empezó a correr y se refugió en su recién estrenada casita de paja. Cerró la puerta y respiró aliviado. Pero desde dentro oyó que el lobo gritaba:
– ¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Y tal como lo dijo, comenzó a soplar y la casita de paja se desmoronó. El cerdito, aterrorizado, salió corriendo hacia casa de su hermano mediano y ambos se refugiaron allí. Pero el lobo apareció al cabo de unos segundos y gritó:
– ¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Sopló tan fuerte que la estructura de madera empezó a moverse y al final todos los troncos que formaban la casa se cayeron y comenzaron a rodar ladera abajo. Los hermanos, desesperados, huyeron a gran velocidad y llamaron a la puerta de su hermano mayor, quien les abrió y les hizo pasar, cerrando la puerta con llave.
– Tranquilos, chicos, aquí estaréis bien. El lobo no podrá destrozar mi casa.
El temible lobo llegó y por más que sopló, no pudo mover ni un solo ladrillo de las paredes. ¡Era una casa muy resistente! Aun así, no se dio por vencido y buscó un hueco por el que poder entrar. En la parte trasera de la casa había un árbol centenario. El lobo subió por él y de un salto, se plantó en el tejado y de ahí brincó hasta la chimenea. Se deslizó por ella para entrar en la casa pero cayó sobre una enorme olla de caldo que se estaba calentado al fuego. La quemadura fue tan grande que pegó un aullido desgarrador y salió disparado de nuevo al tejado. Con el culo enrojecido, huyó para nunca más volver.
– ¿Veis lo que ha sucedido? – regañó el cerdito mayor a sus hermanos – ¡Os habéis salvado por los pelos de caer en las garras del lobo! Eso os pasa por vagos e inconscientes. Hay que pensar las cosas antes de hacerlas. Primero está la obligación y luego la diversión. Espero que hayáis aprendido la lección.
O bien hay una brecha entre tu hermano y tú, o bien sois uno y lo mismo. No hay nada entremedias, ninguna otra opción, ni ninguna lealtad que se pueda dividir entre esas dos posibilidades. Una lealtad dividida significa que le eres infiel a ambas posibilidades, lo cual no hace sino ponerte a dar tumbos, sin que te quede otro remedio que agarrarte a cualquier brizna de paja que parezca ofrecerte apoyo. Mas ¿quién puede edificar su hogar sobre pajas y esperar que le proteja del viento? Ése es el tipo de hogar que se puede hacer del cuerpo porque no está cimentado en la verdad. Sin embargo, por esa misma razón puede verse que no es tu hogar, sino simplemente un medio para ayudarte a llegar al Hogar donde Dios mora. T28-VII.3
Pero nunca tú solo. Este mundo no es más que el sueño de que puedes estar solo y de que puedes pensar sin que ello afecte a los que están separados de ti. Estar solo significa que estás separado, y si lo estás, no puedes sino estar enfermo. Esto parece probar que definitivamente estás separado. No obstante, lo único que significa es que has tratado de mantener la promesa de serle fiel a la infidelidad. Mas la infidelidad significa enfermedad. Es como la casa edificada sobre pajas. De por sí parece ser muy sólida y real. Su estabilidad, no obstante, no se puede juzgar sin tomar en consideración sus cimientos. Si descansa sobre pajas, de nada sirve atrancar las puertas, cerrar las ventanas o correr los cerrojos. El viento la derrumbará, y las lluvias la azotarán y la arrastrarán al olvido. T28-VII.5
Tu hogar está edificado sobre la salud de tu hermano, sobre su felicidad e impecabilidad, así como sobre todo lo que su Padre le prometió. Ningún pacto secreto que hayas hecho en lugar de eso ha estremecido en lo más mínimo los Cimientos de este hogar. El viento podrá soplar sobre él y la lluvia azotarlo, pero sin consecuencia alguna. El mundo será arrastrado, pero este hogar permanecerá en pie para siempre, pues su fuerza no reside sólo en él. Es un arca de seguridad, que descansa sobre la promesa que Dios le hizo a Su Hijo de que él siempre moraría a salvo en Él. ¿Qué brecha podría interponerse entre la seguridad de este refugio y su Fuente? Desde aquí se puede ver al cuerpo como lo que es, sin atribuirle más o menos valor del que tiene como medio para liberar al Hijo de Dios a fin de que pueda regresar a su hogar. Y con este santo propósito se convierte por un tiempo en un hogar de santidad, ya que comparte la Voluntad de tu Padre contigo. T28-VII.7
Crees que has construido un lugar seguro para ti mismo. Crees que has forjado un poder que te puede salvar de todas las cosas aterradoras que ves en sueños. Pero no es así. Tu seguridad no reside ahí. A lo que renuncias es simplemente a la ilusión de que puedes proteger tus ilusiones. Ése es tu temor y sólo ése. M16-6
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se arruinó totalmente. Mateo 7:24-27
T24-III.3:1 No eres tú el que es tan vulnerable y susceptible de ser atacado que basta una palabra, un leve susurro que no te plazca, una circunstancia adversa o un evento que no hayas previsto para trastornar todo tu mundo y precipitarlo al caos.
T24-III.3:6-7 Lo que descansa sobre lo que no es nada jamás podrá ser estable. Por muy grande y desmesurado que parezca, se tambaleará, dará vueltas y revoloteará con la más tenue brisa.
El elefante encadenado
Cuando yo era pequeño, me encantaban los circos. Lo que más me gustaba de los circos eran los animales, y el animal que más me impresionaba era el elefante. Me fascinaban sus enormes dimensiones y su fuerza descomunal.
Sin embargo, después de la actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que le aprisionaba una de las patas. La cadena era gruesa, pero la estaca era un minúsculo trozo de madera clavado a pocos centímetros de profundidad. Me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, también podía tirar de aquel minúsculo tronco y liberarse. Aquel misterio sigue pareciéndome evidente.
—¿Qué lo sujeta?, ¿por qué no huye?
Tras preguntarle a mis profesores y parientes que consideraba sabios, la respuesta que me dieron algunos fue la siguiente: «El elefante no se escapaba porque estaba amaestrado». Hice entonces la pregunta obvia, «Si estaba amaestrado, ¿por qué lo encadenaban?». La verdad es que no recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente, hasta que alguien que resultó ser lo suficientemente sabio me dio una respuesta convincente:
«El elefante del circo no se escapaba porque estuvo atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño».
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Seguro que en aquel momento el animalito tiró y tiró tratando de liberarse. Debía terminar el día agotado porque aquella estaca era más fuerte que él. Día tras día debía volver a intentarlo con el mismo resultado. Y así́ hasta que un día terrible para el resto de su vida, el elefante aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese poderoso elefante no escapa porque cree que no puede, tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió de pequeño. Y lo peor es que jamás volvió a poner a prueba su fuerza.
A menudo a las personas nos pasa lo mismo que al elefante del circo, vivimos encadenados a cientos de estacas que nos quitan libertad. Pensamos que «no podemos» hacer una serie de cosas sencillamente porque un día, hace mucho tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos y/o porque alguien nos dijo que no seríamos capaces de lograrlo. Entonces nos grabamos en la memoria este mensaje:
«no puedo y no podré nunca»
Hemos crecido llevando este mensaje autoimpuesto y por eso nunca volvimos a intentar liberarnos de la estaca. Cuando a veces sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos no puedo y nunca podre. Seguramente ahora somos más fuertes y estamos más preparados, pero aquel recuerdo nos frena a la hora de intentar liberarnos.
Los pensamientos son tan poderosos que pueden incluso aprisionar a la mente del Hijo de Dios si así lo deciden. T8-VI.7
El gato del coche
A un hombre se le reventó una rueda del coche, y se encontró que no tenía gato para cambiarla. A un lado de la carretera, un camino se adentraba y alejaba, y al fondo, tras una leve colina, se vislumbraba una granja. El hombre empezó a caminar con la intención de pedir prestado un gato y poder cambiar la rueda. Mientras andaba, pensó: “al hombre de la granja tendré que darle alguna compensación económica por dejarme el gato para arreglar mi coche. Le daré 500 pesetas. Aunque seguro que quiere 1000 pesetas. Bueno, si me pide incluso 2000 se las daré, me va a hacer un gran favor, pero si me pide 5000 me lo pensaré, no vaya a creerse que porque esté necesitado me puede sacar 10000 pesetas.” En esto que llegó a la casa, toco la puerta, y cuando el granjero salió, el hombre le gritó: “metete el gato donde te quepa”. Y se fue.
Crees que la razón por la que tienes algo contra tu hermano es por lo que él te hizo a ti. Mas por lo que realmente lo culpas es por lo que tú le hiciste a él. No le guardas rencor por su pasado sino por el tuyo. T17-VII.8:1-3
Los dos hermitaños
Dos ermitaños van andando por un bosque y se encuentran un espejo. Era la primera vez que veían un espejo, y lo más parecido a un reflejo que habían visto, era cuando se lavaban la cara en el rio. Entonces uno coge el espejo, mira y dice:
-¡Aquí hay alguien! Y me suena la cara.
El otro, intrigado, coge el espejo, mira, y exclama:
-¡Cómo no te va a sonar! ¡Si soy yo!
Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que ves de ti mismo. T7-VII.3
Tu hermano es el reflejo de ti mismo. T24-VI.8
El tesoro enterrado
Había una vez en la ciudad de Cracovia, un anciano piadoso y solidario que se llamaba Izy. Durante varias noches, Izy soñó que viajaba a Praga y llegaba hasta un puente sobre un río; soñó que a un costado del río y debajo del puente se hallaba un frondoso árbol. Soñó que él mismo cavaba un pozo al lado del árbol y que de ese pozo sacaba un tesoro que le traía bienestar y tranquilidad para toda su vida.
Al principio Izy no le dio importancia, pero después de repetirse el sueño durante varias semanas, interpretó que era un mensaje y decidió que él no podía desoír esta información que le llegaba de Dios o no se sabía de dónde, mientras dormía.
Así que, fiel a su intuición, cargó su mula para una larga travesía y partió hacia Praga.
Después de seis días de marcha, el anciano llegó a Praga y se dedicó a buscar, en las afueras de la ciudad, el puente sobre el río.
No había muchos ríos, ni muchos puentes. Así que rápidamente encontró el lugar que buscaba. Todo era igual que en su sueño: el río, el puente ya un costado del río, el árbol debajo del cual debía cavar.
Sólo había un detalle que en el sueño no había aparecido: el puente era custodiado día y noche por un soldado de la guardia imperial.
Izy no se animaba a cavar mientras estuviera allí el soldado, así que acampó cerca del puente y esperó. A la segunda noche el soldado empezó a sospechar de ese hombre cerca de SU puente, así que se aproximó para interrogarlo.
El viejo no encontró razón para mentirle. Por eso le contó que venía viajando desde una ciudad muy lejana, porque había soñado que en Praga debajo de un puente como éste, había un tesoro enterrado.
El guardia empezó a reírse a carcajadas:
—Mira que has viajado mucho por una estupidez –le dijo el guardia—. Hace tres años que yo sueño todas las noches que en la ciudad de Cracovia, debajo de la cocina de la casa de un viejo loco, de nombre Izy, hay un tesoro enterrado. Ja… Ja… mira si yo debiera irme a Cracovia para buscar a este Izy y cavar debajo de su cocina… Ja… Ja… Ja….Izy agradeció humildemente al guardia y regresó a su casa.
Al llegar, cavó un pozo debajo de su propia cocina y sacó el tesoro que siempre había estado allí enterrado…
Lo que tanto buscamos afuera, está en nuestro interior!! Busca en tu interior….
Ésa es Tu ley, Padre mío, no la mía. 2Al no comprender lo que significaba dar, procuré que lo que deseaba fuese sólo para mí. 3Y cuando vi el tesoro que creía tener, encontré un lugar vacío en el que nunca hubo nada, en el no hay nada ahora y en el que nunca habrá nada. 4¿Quién puede compartir un sueño? 5¿Y qué puede ofrecerme una ilusión? 6Pero aquel a quien perdone me agasajará con regalos mucho más valiosos que cualquier cosa que haya en la tierra. 7Que los hermanos que he perdonado llenen mis arcas con los tesoros del Cielo, que son los únicos que son reales. 8Así se cumple la ley del amor. 9Y así es como Tu Hijo se eleva y regresa a Ti. L-344.1